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Desde hace siglos, las festividades populares eran objeto de particular celo por parte de las autoridades laicas y eclesiásticas, porque tanto en sus manifestaciones lúdicas -danzas, juegos, comedias- como en las religiosas -procesiones, autos, funerales, etc.- se hallaban sometidas a una liturgia atávica que venía tratando de pulir la iglesia desde la antigüedad pagana.
En el mundo rural, los ciclos festivos seguían el calendario agrícola de las estaciones del año, en el que las faenas agropastoriles han sido encuadradas por la cronología oficial y dominante de la iglesia, desglosada en el santoral y en las celebraciones litúrgicas.
Las labores de siembra y preparación de los campos, la marcha de los trashumantes desde sus moradas a los pastos de invierno, se corresponde con el adviento. Las noches de Todos los Santos y de Difuntos, encogen los corazones de los hombres ante el miedo al Monte de Animas. El Otoño de la naturaleza y de la religión culmina con la Natividad y la Epifanía, el día más corto y la noche más larga del año, el nacimiento de Jesús y el solsticio de invierno.
Con el ocio forzado por las lluvias y las nieves, la familia campesina contempla la venida del Año Nuevo enfrascada en labores domésticas de mantenimiento y reparación. Las mascaradas de animales de primeros de año, las ofrendas de animales a San Antón, las vaquillas y cencerradas de San Blas, anuncian, como en su día lo hacían las Lupercalia romanas, el descomedimiento del orden social que trae consigo el carnaval.
La restricción de la Cuaresma devolvía a los agricultores a sus afanes con la tierra. Esta fase de dolor y contrición, de ayuno y penitencia termina en la Semana Santa.
La salida de este mundo tenebroso, anunciada por el Domingo de Resurrección, era el advenimiento de la fertilidad y la luz, la preñez de las cosechas y las mujeres, la consagración de la naturaleza y la primavera. El sentido regenerador del tiempo y esta exaltación de la vida se plasman en la elevación de los Mayos en las plazas públicas, que han sido cortados por los mozos en los comunales, y en las hogueras que alumbran la noche de San Juan, tras el día más corto del año y el pleno solsticio de verano.
Los esfuerzos del sol a sol durante la recolección, la siega, la trilla y el esquileo, hallan justa recompensa en la Virgen de Agosto, loada con ofrendas y bailes (15 de Agosto).
La matanza del cerdo por San Martín hasta Navidad, ponía broche de viandas al año agrícola y prometía abundancia relativa para el futuro siempre incierto.
Esta es la prueba palpable de la aculturación cristiana de las fiestas primitivas, se solapó al calendario animista y politeísta.
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Fiestas de San Roque y Virgen de Agosto:
Las fiestas más celebradas en la actualidad son las de la Virgen de Agosto, día 15, y San Roque, día 16, ampliadas por los días anterior y posteriores (el toro y comida de la carne). Los actos litúrgicos, misa, procesión a la ermita de San Roque (cargando la imagen del Santo los quinto entrantes y vuelta a la iglesia) se mezclan con los actos lúdicos (bailes, concursos, juegos, bebidas, comidas, encierro y lidia de los toros, etc.).
El Ayuntamiento cubre el presupuesto de fiestas sin que los vecinos aporten nada de su bolsillo y sí muchas críticas. Los bosques de Frías pagan estas fiestas, como se hizo desde hace años, pero en la actualidad con mucho más despilfarro. La bondad del Ayuntamiento hace que sean unas fiestas muy populares en toda la Sierra, y las circunstancias veraniegas y de vacaciones hacen que sean muy visitadas.
Datos que hay sobre estas fiestas:
Habría que remontarlas, posiblemente, al siglo XIV-XV, pero no hay datos escritos sobre ello.
1846: en el arriendo de los cerdos, una de las condiciones establece que habrá bula de cerdos todos los días excepto los días del Señor y el del Toro, de las fiestas de San Roque.
Nos indica la costumbre de celebrar el día de la Virgen y San Roque como la fiesta más importante, y también la existencia de la lidia de alguna res vacuna en la plaza del pueblo desde hacia tiempo.
1880: en el pueblo de Frías, a 20 de julio de 1880, reunido su Ayuntamiento y contribuyentes bajo la presidencia del señor alcalde, para el objeto de tratar la celebración de las Fiestas de San Roque en el año actual. Se puso a discusión la costumbre de matar una res que la viene comprando de fondos del pueblo en años anteriores y en vista de los abusos que se vienen cometiendo deliberaron por unanimidad: Que por no quitar la costumbre, si se quiere seguir, que se compre a escote entre los vecinos que quieran voluntariamente y en llegando a 80 queda su voluntad de comprarla o no. Así lo mandan dando esta por terminada.
1917: acuerdo del pueblo sobre el toro semental. Uno de los acuerdos establece, que todos los dueños de ganado vacuno se obligan de su espontánea y libre voluntad a traer sus vacas a la plaza para capea en las fiestas de San Roque.
1918: se acuerda comprar una res vacuna para ser lidiada en las fiestas de San Roque.
La Guerra Civil, posiblemente, paralizará las fiestas. Terminada la contienda, las fiestas se celebrarán todos los años y el Ayuntamiento volverá a comprar la res para capearla en la plaza. En la década de 1970, la plaza se montaba a la entrada de el Prado, con vigas de madera. A mitad de la década de los 80, se le buscará un lugar fijo a la plaza de toros en la fuente de Las Palomas, donde se encuentra actualmente. En ese momento las barreras eran de madera, pero años más tarde se realizaron obras, cambiando las barreras de madera por otras de hormigón, se plantaron acacias y se reformó la ladera.
El lugar de la capea ha ido cambiando y también otras facetas. Desde hace unos años se compran dos novillos y alguna vaquilla. Los toros se traen a pie desde las ganaderías cercanas de Valtablao o del Valle Cabriel, como se hacía en siglos pasados; siendo este momento el más vistoso, emocionante y esperado por todos. Los encargados de la lidia no son lo vecinos, como antiguamente, se contrata a novilleros ataviados con sus trajes llenos de adornos y todos sus enseres. La carne de las reses se reparte entre los vecinos y, últimamente, se ha implantado la costumbre de cocinar parte de la carne en una comida para todos.
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